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Cuando la negociación se convierte en chantaje

Si la negociación se usa indebidamente, puede convertirse en chantaje:

Si no me dejas salir, no estudiaré.
– Si no me das dinero, pongo la música a tope.
– Si no me dejas toda la tarde el ordenador, lo rompo.

Este tipo de actitud ya no es negociación, sino “terrorismo familiar”. Unos, normalmente los padres, quieren negociar y el otro, normalmente el hijo, lo único que quiere es salirse con la suya. Cuando esto sucede, la relación entre padres e hijos está rota y lo único que existe es una relación entre víctimas y verdugos. Llegados a este punto, lo único que nos queda es no dar la oportunidad de negociar y, como si aún fuera un niño, poner la norma sin más.

Tal vez sea un retroceso en la formación de los hijos, pero a veces, para avanzar, primero es necesario retroceder y consolidar. En esta casa se come a las dos (sin más) y no ceder hasta que no aprenda a negociar con equidad. La negociación sirve para que ambas partes se beneficien, no para que se beneficie sólo una, sino es chantaje, no es negociación.

Por duro que sea resistir, no se puede ceder al chantaje de los hijos. El chantaje es siempre inadmisible, pero no surge de forma natural. Se pueden evitar estas situaciones si, desde que los hijos son pequeños, se consigue:

– que los hijos interioricen lo que se puede y lo que no se puede negociar, y
– que los padres no cambien de criterio arbitrariamente, según su estado de ánimo. Un enfado entre la pareja o una subida de sueldo en el trabajo no pueden servir de excusa para que los padres admitan normas innegociables.

Emilio Pinto
Autor del libro La educación de los hijos como los pimientos de Padrón

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