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¿Eres un padre enganchado al móvil?

¿Sabes lo que te pierdes?

En alguna ocasión, mientras estaba frente al ordenador, y mientras mi hijo me comentaba algo, ha salido de mi boca algo parecido a esto: «Sal de la habitación, por favor; ahora estoy trabajando y no tengo tiempo para eso…»  Y si fuera solo en esa ocasión, podría disculparse pero es que llevo mi despacho en el móvil. Eso significa que me ven conectada a menudo, a pesar de que trato de seguir un horario respetuoso para mi y mi familia.

No soy solo yo. También son los amigos de mis hijos. También las personas que pasean por el parque o cogen el tren. O padres que chatean cuando van al zoo con sus hijos. Vale… normal en el siglo que vivimos y genial en algunos aspectos. Pero no tan genial si no sabemos construir en casa un refugio donde seamos nosotros quienes controlemos las pantallas. No si nuestra casa deja de ser un nido para convertirse en un Starbucks.

¿Dónde está nuestra coherencia?


Un día que corregí a mi hijo, éste me regaló un  «tú también lo haces, mamá…» y realmente fue significativo para mí. Tanto padres como hijos entramos en el torbellino de las prisas, de hiperexprimir cada segundo de nuestro tiempo, de exigir y exigirnos sin recordar prioridades y olvidamos que la construcciones de personas exige reflexión, tiempo, silencio y paciencia. No estamos frente a un Excell o ante el Photoshop. Tenemos entre manos una materia inmaculada que aprende de lo que hacemos, de lo que decimos, de lo que callamos, de lo que sentimos o hacemos sentir.

¿Cómo no fui capaz de escuchar a mi hijo cuando él quería comentarme algo? ¿Cómo pude anteponer el trabajo a un tiempo significativo con él? ¿Cómo no vi que era una oportunidad y no una molestia? ¿Cómo pude darle a entender que mi trabajo era más importante que él, cuando no hay nada más importante en el mundo que escuchar a un adolescente cuando siente la necesidad de compartir? ¿Cómo pude alentarlo a no volver a compartir nada conmigo?
Triste error de una madre mal focalizada en ese momento…

Siempre hay una segunda oportunidad afortunadamente…


La próxima vez, cuando me interrumpa el trabajo y quiera contarme algo de su vida, no caeré en el mismo error. Dejaré lo que tenga entre manos. Le miraré a los ojos. Le sonreiré y seré toda oídos. Le diré: «Cómo me alegro de verte, tenía ganas de hablar con alguien y has llegado en el mejor momento; te escucho».

Elena Roger Gamir
Pedagoga – Solohijos

 

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