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¡Maravillosas manitas sucias!

Por fin, ya estas en la cama. Ya hay silencio. Todo está en orden.  Entonces piensas  «qué maravilloso sería tener más tiempo para mi. Quisiera dejar de reñir, de perseguir. De ser espía y policía, de ordenar lo que desordenan, de recoger. De controlar. ¡De pelearme con los niños!».

Pues todo eso llegará. La casa estará ordenada. Las paredes limpias. Nadie te desafiará ni te llevará la contraria. Tampoco tendrás que hacer deberes con nadie ni obligar a nadie a poner la mesa. En tu casa habrá silencio. No habrá risas. Ni abrazos entre hermanos. No habrá manitas sucias que ensucien lo que limpies. Ni conversaciones sobre novios ni amigos que ya no lo son.  No habrá visitas al psicólogo o al pediatra. Ni clases de refuerzo.
Tus hijos habrán dejado el nido.

Entonces te darás cuenta que todo aquello que en su momento te parecía una carga, la perspectiva y el tiempo lo han convertido en recuerdos de oro.

Nuestros hijos no nos dan trabajo. ¡Son nuestro trabajo!

El periodista Pedro Simón lo dice mucho mejor que nosotros:

«Te tropiezas con un balón de espuma y encuentras un muñeco bajo el sofá. Giras el grifo del lavabo y descubres que anida un pato de goma. Abres la sandwichera y ahí están, achicharrados, tres cromos del Osasuna.

A veces maldigo este caos de casa tumultuosa con niños. Pero sé que algún día maldeciré todo el orden a solas que vendrá después.

Vuestros libros ordenados, pero sin ser abiertos. Vuestras camas hechas, pero frías. Los platos pulcramente recogidos en la alacena, pero sin nadie con quien comer.

Tener hijos y salir a la calle es como llegar a la ceremonia de los Oscar de sobrado con dos estatuillas bajo el brazo, una hora antes de que empiece la entrega de premios: sabes que te los has ganado seguro.

Tener hijos es pisar la acera a las ocho y media con toda la gimnasia hecha: los abdominales del estrés, las flexiones del ‘no se puede’, el pilates del ‘haz lo que debes’, el yoga del ‘aprovecha el tiempo’, los lumbares de la desobediencia y de la sinrazón. En tan solo media hora, mientras te aseas. Así que cuando sales al mundo adulto ya no te acojona nada y todo te preocupa lo justo.

Para convención popular, la que montas un domingo lluvioso en casa con los amigos de tus hijos.
Para dimisión irrevocable, la que te presentan cada día que les pones verduras.
Para exclusiva, la de que el pequeño tiene otra novia y no hace declaraciones.
Para ‘share’, la audiencia que os da mamá durante le cena, siempre con un cuento delante.
Para traición, la mía, que nunca estoy; la vuestra, que habéis preferido la Play a las chapas.
Para problemas laborales, los que me da esa ortografía en huelga y sin servicios mínimos.
Para inflación, la de los besos de Martín, que cada vez los vende más caros.
Para crisis, la que acontece cuando se acaba el verano.

Me lo enseñó una tarde mi abuela, que lo llevaba escrito en un marcapáginas y leía una novela de Capote, eso de que los legados más importantes que los padres y las madres pueden dejarles a sus hijos son dos: uno son las raíces; el otro, las alas.

Algún día regresaré a casa tarde a causa del trabajo (o de la falta del mismo). Abriré la puerta del salón y todo estará en orden. Será que habéis volado, vaya. Entonces echaré en falta la felicidad que era este perfecto desorden.»

La felicidad más absoluta llega cuando para nosotros es más importante besar las manitas sucias de nuestros hijos que la suciedad de sus manos.

Fuente del artículo de Pedro Simón: Tu perfecto desorden  

Elena Roger Gamir
Pedagoga – Solohijos

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