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Educar en la intimidad

No se puede educar a granel, al por mayor, en general; solo se puede educar en la intimidad: de persona a persona, de tú a tú, de un interior a otro. De la primera forma se adiestra, se instruye, se adoctrina; pero para educar hace falta una conexión personal que únicamente se establece cuando se abre la intimidad.

La intimidad: una puerta que se abre desde dentro


Por otra parte, hay que tener en cuenta que la puerta de la intimidad se abre desde dentro, no desde fuera, por lo que solo uno mismo puede abrirla a los demás. Razón por la cual, cuando se franquea desde fuera, siempre se produce cierta violencia, algo semejante a una invasión o un allanamiento de morada.

La llave de esa puerta es el consentimiento; de otra forma, se fuerza la cerradura, se asalta la intimidad y, entonces, se pierde la confianza y, de resultas, se desvanece la posibilidad de educar.
Para educar, por tanto, hay que poder acceder a la intimidad del otro, a la vez que hay que respetarla. Si la tenemos vetada, poco podremos hacer; si la invadimos sin el consentimiento debido, ese poco se convierte en nada.
Los padres de hijos adolescentes saben bien que estos son muy celosos de su intimidad y que han de respetarla, que no pueden inmiscuirse donde no se les deja entrar so pena de que se corte ese fino hilo que los une con sus hijos. Muchos divorcios entre adultos y adolescentes tienen su origen en una desacertada irrupción en la intimidad de quienes la acaban de descubrir y la guardan celosamente, sobre todo ante sus padres.

¿Hasta qué punto debemos respetar la intimidad de nuestros hijos?


En varias ocasiones nos han preguntado hasta qué punto hay que respetar la intimidad de los hijos: si se pueden registrar bolsillos, carteras y móviles, diarios, cuentas de correo, de Facebook o de cualquier otra red social, si es lícito someter a los hijos a controles periódicos…
La pregunta es pertinente porque no podemos educar desde el otro lado de la puerta, es decir, sin saber lo que está pasando dentro. Pero la respuesta no es sencilla: debemos saber compaginar el derecho que tienen nuestros hijos a guardar su intimidad y el deber de los padres a educarlos, el cual exige, por una parte, que tengamos acceso a ella y, por otra, que la sepamos respetar.

Por supuesto, en caso de que tengamos sospechas de que nuestro hijo está en peligro (drogas, juego, acoso, delincuencia…), deberemos traspasar por nuestra cuenta ese límite aun a riesgo de que cambie la cerradura y nos dé con la puerta en las narices. En su momento le explicaremos que no nos quedaba otro remedio y que lo hicimos movidos por el deber que tenemos de velar por su seguridad.

De todas formas, lo más deseable es que nuestros hijos nos abran la puerta de su intimidad y nos dejen entrar. Para conseguirlo tenemos que aprender a llamar, sin caer en la pesada insistencia que lleva al de dentro a desconectar el timbre ni en el exceso de prudencia que puede convertirse en negligencia.

Saber llamar a la puerta de su intimidad es saber mantener el contacto con tacto, es decir, estar pendientes sin que se note, escuchar antes de hablar, estar siempre disponibles sin avasallar, y aceptar, querer, estar.

Pero educar en la intimidad no solo significa que es en la intimidad donde se educa, sino también que hay que educar la intimidad. Si no la hemos sabido respetar, probablemente obtendremos una aparente contradicción: que nuestros hijos nos cierren la puerta a calicanto a nosotros, sus padres, y que la dejen abierta de par en par a otros.
Si, en cambio, hemos sabido llamar, conseguiremos que ellos también la respeten (se respeten a sí mismos) y que no abran la puerta a cualquiera, a esos lobos feroces que se enharinan la pata y se cubren con pieles de cordero.

Carlos Goñi y Pilar Guembe
Autores del blog familiaactual

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