La web para ser mejores padres
Síguenos en:

Hablar de la muerte con nuestros hijos

 La muerte provoca en el niño preguntas curiosas: “¿Tendrá frío?“, “¿Puede comer?“, “¿Sufre?” y otras más profundas: “¿Verdad que cuando nosotros no existíamos, existían los que ahora no existen?“, “¿Verdad que cuando se mueran todos los que van por la calle, todos, luego nos moriremos nosotros?“. A los padres todavía nos desconciertan las preguntas que los niños hacen sobre la muerte porque nuestras propias ideas y vivencias sobre ella son muy confusas. Es importante tener presente que no hay respuestas universales a estas preguntas. La muerte es un misterio para todos, y el niño ha de saber que tampoco los padres tenemos respuestas definitivas en este tema, e incluso que no tenemos respuesta alguna.

En el seno de la familia la muerte parece que no tiene lugar, ni siquiera para hablar de ella. Es demasiado fuerte, demasiado duro. Quizás es que los padres tenemos miedo a generar frustraciones innecesarias. Además, ¿quién nos ha formado en este tema a nosotros? Es evidente que existe discrepancia entre la importancia que tiene la muerte para el niño y la dedicación y atención que se le otorga en el ámbito familiar y escolar. Nuestros hijos hablan de pérdidas y de muertes, matan de vez en cuando a sus juguetes y juegan a morirse para resucitar con oportuna diligencia.

El desarrollo de la psicología evolutiva de la idea de la muerte en los niños

Muchos investigadores han observado que el niño capta lo esencial de la muerte, pasando por una secuencia que consta de tres fases y que sintetiza los diversos modelos de psicología evolutiva de la idea de la muerte en los niños:

  • 1ª fase: desconocimiento absoluto de la muerte.
  • 2ª fase: descubrimiento real de la muerte del otro.
  • 3ª fase: descubrimiento de la propia muerte.

Si hacemos referencia a las edades, parece que antes de los 3 años no hay ninguna idea sobre la muerte, y a los 4 años su concepto es aún bastante limitado. Desde los 5 hasta los 9 años los niños captan la muerte como un acontecimiento definitivo que les sucede a los demás, pero no a ellos. No es hasta los 10 años y en adelante que la muerte ya se ve como un acontecimiento inevitable para todo el mundo y se asocia al cese de las actividades físicas.

Las reacciones emotivas más comunes del niño ante la muerte de una persona querida

Las reacciones emotivas del niño y de la niña ante la muerte de una persona amada son similares a las del adulto, aunque se expresan de otra manera. Las más comunes son: tristeza por lo que ha pasado, rabia por haber sido abandonado, miedo a que le dejen solo, temor a que también pueda morir el progenitor superviviente y sentimiento de culpa por haber provocado la muerte. Hay tres preguntas que, verbalizadas o no, el niño se hace: ¿He provocado yo la muerte? ¿Me pasará también a mí? ¿Quién cuidará de mí, ahora?

Posibles respuestas a la pregunta “¿Dónde va una persona cuando ha muerto?”

A la pregunta más habitual: ¿Dónde va una persona cuando ha muerto?, la mayoría de niños responden reproduciendo aquello que ven y sienten, “que los entierran, que la gente está triste, que van al cielo…“, aunque algunos niños inventan nuevos lugares donde ir cuando morimos: “se queda viviendo en una estrella” y otros expresan sus vivencias personales: “estoy muy triste, ayer murió mi abuelo”. En cualquier caso, la respuesta del cielo es un excelente referente, tanto desde el punto de vista cultural como transcendente. Puede ser un lugar tranquilo, donde hay paz, alegría, felicidad, o bien un estado (depende de la edad del niño) en que la persona ausente se siente feliz, no padece, sigue queriéndonos y nos protege. En cambio, es importante eludir la referencia a viaje cuando hablamos de la muerte. La persona que va de viaje acostumbra a volver siempre, aunque sea tarde, y la persona que ha muerto no volverá nunca. Las dos informaciones decisivas que más tarde o más temprano un niño necesita saber son que la persona amada no volverá y que su cuerpo está ubicado en un lugar concreto o bien reducido a cenizas si ha sido incinerado.

Cuando los niños han de enfrentarse a la vivencia de la muerte, el equilibrio entre las emociones, la reflexión y la acción deviene sumamente vulnerable: si alguien ha hecho un trabajo previo de prevención, el niño tendrá más recursos para asumir y superar la ausencia de su ser querido. Finalmente, es necesario tener en cuenta que los niños observan y captan nuestras actitudes, nuestra angustia, nuestra serenidad, nuestra tristeza, nuestra paciencia, en definitiva, nuestros valores. Es, pues, necesario, poder hablar sobre la muerte en el seno de la familia, de un modo transparente y abierto, sin tabúes ni miedos. El objetivo es despertar la necesidad de introducir en nuestro marco familiar una auténtica pedagogía de la vida y de la muerte.

Concepció Poch Avellan
Licenciada en Filosofía.
Máster en Psicopedagogía.
Miembro del Grupo de Educación en Valores (ICE-UAB)

Consejos prácticos relacionados con este artículo: Hablar de la muerte con nuestros hijos. Consejos prácticos.

¿Te ha gustado este contenido?

Si te ha gustado, te agradeceríamos que lo compartieras y nos ayudaras a darlo a conocer. Muchas gracias.

PinIt

Deja un comentario