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¿Eres un buen modelo de comunicación emocional para tu hijo?

¿Has observado la diferencia que existe entre una persona educada con tabús y prejuicios y otra que ha vivido en una familia que ha fomentado la expresión de sentimientos en sus hijos? Expresar sentimientos es difícil, pero los padres podemos contribuir a que nuestro hijo interprete sus emociones y aprenda a expresarlas. De esta manera, le ayudaremos a ser un adulto emocionalmente estable.

Conocer los sentimientos de nuestro hijo y ayudarlo a expresarlos no es una tarea sencilla. De hecho, todas las personas, seamos padres o no, nos movemos en el universo de los sentimientos de forma más o menos competente y con mayor o menor éxito. Tal vez pensemos que, por el hecho de ser padres, estamos dotados de una especie de don que nos facilita la expresión y comprensión de sentimientos en la relación entre padres e hijos, porque amamos a nuestro hijo y él nos ama. Y que esto es suficiente para iniciar a nuestro hijo en el arte de sentir y comprender lo que siente, sin reparar en los medios, las formas o las palabras que vamos a emplear para ello.

Cuando nuestro hijo nace nos ocupamos diligentemente de qué comerá, cómo será su habitación, sus primeros juguetes, etc. Intentamos garantizarle un espacio físico inmejorable, buena educación y actividades extraescolares diversas que propicien su desarrollo en la mejor dirección. Pero me pregunto si, paralelamente a todo lo anterior, también nos aseguramos de proporcionarle los modelos más adecuados de aprendizaje emocional y de comunicación de sentimientos.

¿Eres buen modelo de comunicación emocional para tu hijo?

¿Por qué preguntarnos algo así? Pues porque los sentimientos componen el sustrato sobre el cual el niño, en su interacción con el mundo, elabora su interpretación del mundo y de sí mismo. Y porque este tipo de aprendizaje se realiza fundamentalmente en el seno de la familia.

Como señala D. Goleman en su obra Inteligencia emocional:

“La familia es el crisol doméstico en el que aprendemos a sentirnos a nosotros mismos y en donde aprendemos la forma en que los demás reaccionan ante nuestros sentimientos; ahí es también donde aprendemos a pensar en nuestros sentimientos, en nuestras posibilidades de respuesta y en la forma de interpretar y expresar nuestras esperanzas y nuestros temores. Este aprendizaje emocional no sólo opera a través de lo que los padres dicen y hacen directamente a sus hijos, sino que también se manifiesta en los modelos que les ofrecen para manejar sus propios sentimientos y en todo lo que ocurre entre marido y mujer. En este sentido, hay padres que son auténticos maestros mientras que otros, por el contrario, son verdaderos desastres.”

Seis pautas para dialogar con nuestros hijos desde el corazón

Veamos ahora en qué forma A. Faber y E. Mazlish, psicólogas especializadas en la comunicación entre padres e hijos, en Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen, nos recomiendan cómo podemos actuar para ayudar conscientemente a nuestros hijos a manejar sus sentimientos, revisando a la vez nuestros propios hábitos de respuesta frente a las situaciones de conflicto emocional en las relaciones familiares.

  1. Debes ser capaz de escuchar con toda tu atención a tu hijo cuando te esté explicando un problema, un conflicto, un logro o una duda, dejando de lado lo que estés haciendo, los problemas que te preocupen e, incluso, el concepto que tengas forjado de él. Es importante demostrar a nuestro hijo que realmente sus sentimientos son tan importantes para nosotros como lo son para él.
    Los padres solemos poner poco en práctica esta actitud de escucha atenta, sumergidos como estamos en un mar de trabajo y de responsabilidades, y sin embargo es una de las condiciones básicas a seguir si de verdad queremos que nuestro hijo nos exprese sus emociones de forma habitual.
  2.  Dale tiempo suficiente para que se explique, sin intervenir hasta conocer el problema en su totalidad. Después, permítele llegar a sus propias conclusiones haciéndole preguntas mediadoras.
  3.  Concede credibilidad y confianza a los sentimientos de tu hijo. Así aprenderá a confiar en sí mismo y en nosotros. No neguemos sus sentimientos ( “¡va, no te pongas así” o “no será para tanto”); si no lo hacemos facilitamos que se observe porque no se siente ni recriminado ni juzgado.
  4.  Ten en cuenta que, en ocasiones, las mejores palabras son aquellas que no se dicen. Asentir con la cabeza, o con expresiones cortas y neutras del tipo: ¡Vaya!, ¡Hum!, ¡Ajá!, le dará a nuestro hijo el espacio que necesita para expresarse sin sentirse juzgado, pudiendo a la vez pensar en voz alta y buscar sus propias soluciones. Este tipo de diálogo nos permitirá a nosotros escucharle, intentar comprenderle más allá de las palabras y no intervenir hasta conocer totalmente la situación que nuestro hijo ha vivido y cómo se ha sentido.
  5. Debes ayudarle a nombrar lo que siente. La identificación es necesaria para que tu hijo comprenda sus emociones. Los niños a menudo confunden las sensaciones más elementales o se angustian ante un sentimiento al que no saben nombrar y, por tanto, reconocer y enfrentarse a él. Debemos verbalizar el estado emocional de nuestro hijo desde pequeño para ayudarle a identificar lo que siente y mostrarle que somos capaces de ponernos en su lugar y comprender sus reacciones.
  6. Promueve en casa un ambiente general de escucha y de respeto por los sentimientos de todos los miembros de la familia. Recordemos que somos para nuestros hijos modelos de conducta. Ellos aprenderán más sobre sus emociones de lo que capten del ambiente que de lo que les enseñemos directamente.

El niño que se siente bien, normalmente se porta bien. Sentirse comprendido y aceptado por los padres es requisito previo para aceptarse a sí mismo, y la aceptación de uno mismo es, a su vez, requisito previo para el bienestar interior, puerta de la felicidad.

Cuando el niño expresa lo que siente sabiéndose escuchado, respetado y comprendido, aprende a fiarse de sus sentimientos, aprende a escucharse y a saber manejar emociones tan intensas como la antipatía, la vergüenza, la ira o el rechazo. Los estudios más recientes revelan que la capacidad de expresar los propios sentimientos constituye una habilidad social fundamental.
Difícilmente el niño podrá desarrollar esa habilidad si el ambiente familiar no se lo facilita. Podemos haber heredado una tendencia de carácter, pero un ambiente comprensivo y abierto al diálogo facilitará la adquisición del control emocional necesario para funcionar y tener éxito en las relaciones personales.

Carmen Herrera García
Profesora de Educación Infantil y Primaria

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